lunes, 6 de abril de 2015

Doble




Doble la alegría
Doble el esfuerzo
Doble la responsabilidad
Doble el sueño
Doble la satisfacción
Doble el orgullo
Doble la preocupación
Doble el dolor de cintura al bañarlos
Doble la ternura
Doble los golpes
Doble los interrogantes
Doble el número de objetos de dudosa utilidad en casa (y en el auto)
Doble las sorpresas
Doble el cariño de los amigos
Doble la caca
Doble el desayuno de domingo a las 7am
Doble la maneja inexplicablemente boluda de hablarles
Doble el tiempo para salir de casa
Doble las risas
Doble el número de miradas por encima del hombro mientras manejás
Doble las mamaderas
Doble el temor a las enfermedades
Doble la cantidad de interrupciones mientras comés, vas al baño, hablás por teléfono, …
Doble el asombro
Doble la vida
Doble el amor más puro

En fin...así es la vida de Rono. Todo lujo. Todo por partida doble


lunes, 25 de junio de 2012

Lo viejo y lo nuevo


Que no había como viajar en un MD de Austral, no lo discuto. Servicio de primera, puntualidad, comodidad, en fin, innumerables aspectos positivos. Alguno podrá decir “hoy se viaja mejor”. Puede ser, aunque si comparamos lo mejor que se puede viajar hoy vs. lo mejor que se podía viajar en aquel momento, pareciera ser que esta versión estatizada de Austral deja mucho que desear.

Igual, cada tanto, la aerolínea hermana de la de bandera – la que se hace llamar AA, cuando en el mundo, AA es una sola y habla inglés – nos regala un chiche, un dulce, una caricia. Esta vez se trata de una ruta que Rono, particularmente reconocido por su capacidad para recordar información infinitamente inútil, no recuerda. Desde este mes, tenemos vuelos que unen Neuquén y Mendoza.
Sí, es cierto que ha habido vuelos Neuquén-Mendoza toda la vida. Lo que Rono no recuerda es si alguna vez Austral hizo esa ruta. Pareciera ser que no.

Y no es para pasar por alto. Como diciendo “Bueeee, otra ruta! No es para tanto!”. Crean queridos, es para tanto. En un país donde se vuela internamente menos que en España e Italia, dos países que caben dentro de la provincia de Buenos Aires, tener rutas nuevas es todo un suceso. Algún detractor de Rono dirá “España e Italia son de primer mundo”, a lo que Rono responde que sí, que entiende las diferencias de infraestructura, pero que al mismo tiempo recuerda que en ambos países la infraestructura ferroviaria es de primer nivel y los vuelos de cabotaje no son una opción tan popular. En Argentina, por el contrario, son la única. Excepto para aquellos que aman poco sus vidas y deciden morir en colectivos de larga distancia. Una práctica que casi no tiene precedentes a nivel mundial, específicamente cuando se trata de ómnibus de dos pisos. Una locura.

La cuestión es que hoy Rono montó un práctico Embraer 190 y partió con proa al sur uniendo Mendoza con Neuquén. Rono, un viajero que ya acumula alguna milla en este tema, tipo vivo dirían en el barrio, reservó ventanilla del lado derecho del avión. ¿Motivos? Ir pispeando la montaña, al mismo tiempo que uno revisa el “mapa mental” uniendo pueblos, rutas, montañas y lagos.

Conclusión: una experiencia tremendamente estimulante. El periplo arrancó con un despegue hacia el norte y giro a la derecha (nariz del avión al este por unos cuantos segundos), para luego divisar toda la ciudad de Mendoza desde el aire. La primera imagen ya no sorprende a Rono: desde muy alto Rono es capaz de ver su casa. No, Rono no vive ni en una mansión ni de ocupa en un estadio de fútbol. Pasa que su casa está en un lugar sumamente distinguible desde el aire y encontrarlo ya se transformó en una suerte de ritual.
Inmediatamente cumplido el ritual, levantamos la vista y nos encontramos con la primera postal del viaje. Una foto del Aconcagua que nunca deja de asombrar a Rono. Es impresionante el respeto que inspira a la distancia. Siguen las postales, viene la Refi, sitio donde Rono supo transpirar.

Siguiendo hacia el Sur, las postales del Plata y el Tupungato, más frecuentes, no son para pasar por alto tampoco. El Valle de Uco es otro visto desde arriba. Es una suerte de llanura interminable, llena de colores. Con mucha más vida ahora que la que supo tener antes de la explosión del Malbec.

Se termina el valle y giramos hacia el sudeste, apuntando a San Rafael. Pasan pocos minutos y ya se empiezan a ver los lagos artificiales, pero de un azul irreproducible. Lo diáfano del cielo tiene todo que ver. Hay complicidad entre la inmensidad del azul y lo cristalina del agua.
Y pasan Agua del Toro, Reyunos, Valle Grande, Nihuiles. En el medio, otra gran postal. El Cañon del Atuel. Desde la altura parece sentirse el ruido de la tierra rajarse para formar esa maravilla. Será más lindo porque es tan corto? Quizás.

Más atrás, uno de los tesoros mejor guardados de la Argentina, una especie de segunda casa para mi querida hermana Ani: Payunia. Pocos lugares presentan un paisaje tan surreal, tan de otro planeta como ese arreglo aleatorio de volcanes, con los dos Payún (el Matrú y el Liso) bien claritos detrás de Llancanelo, otro tesoro bien guardado.
La mejor imagen es mirando hacia atrás, hacia el norte, con los volcanes bien cerquita y la laguna al fondo. Priceless.

A los pocos segundos ya aparece el Río Colorado. Este no tiene cañon, como en Arizona, pero no deja de tener su encanto también. Ya bien metidos en la provincia de Neuquén, aparecen los lagos grandes al fondo. Casi todos artificiales, embalses típicos de la zona, pero igualmente impresionantes: Barreales, Cerros Colorados, Chocón, todos.

Y es hora de llegar. Neuquén desde arriba casi no cambia. Cipolletti tampoco. Cada vez más una misma cosa, una sola franja de civilización. Igual de bajitas las dos. Como peinadas por el viento.
Ya estamos tan bajo que se distingue todo, pero ya no podemos ver nada lindo. Lo que viene es lo de siempre. Un poco de pasto, una franja gris, con marcas negras, el mismo ruido, el mismo alivio para muchos, el mismo desencanto para Rono.

Rono en tierra es otro. Uno más. Igual de aburrido, igual de común. Nada como estar en el aire. Nada como el cielo. Gracias Austral. Nada como el encanto de una ruta nueva. 

jueves, 25 de agosto de 2011

Road To Nowhere



Estoy sentado frente a la pantalla de mi compu, alternando entre golf, chismes, mails y agendas. Muerdo una medialuna empapada en café con leche caliente. Pienso "qué rico!". Me pregunto "¿Cuántas medialunas más van a pasar hasta que deje de gustarme?". Sigo leyendo. Entra un mail. Leo. Demoro en re-leer. Demoro en responder. Me doy cuenta que estoy sentado mal y me duelen la espalda y el cuello. Me estiro. Al estirarme, levanto los brazos y golpeo una lamparita pituca que nunca registré como un objeto tan cercano. Miro. No la rompí. Bien.

Sigo mirando. Ahora hacia adelante. Estoy a unos 10 metros de un ventanal que da a la calle. Vuelvo a mirar. No reconozco donde estoy. Vuelvo a mirar, esta vez con un dejo de temor.
No recuerdo donde estoy. Me concentro un segundo más y recuerdo. Estoy en Rosario. La misma Rosario de siempre. Otra Rosario. Llegué anoche. Era el cumple del Negro de Pichincha. La gente lo festejó frente a su estatua, acá, a la vuelta. Sigo pensando. "No, la puta madre". Me doy cuenta que podría estar compartiendo el café con Belen. Pienso "Está tan quemada como yo y tampoco reaccionó que estamos a 20 cuadras de distancia". Faltan 20 minutos para que agarre la valija y parta para la terminal. Faltan 12 horas para llegar a casa. 12 horas para acostarme en mi cama.

Sigo pensando. Llevo muchas noches sin pasar por ahí. Saco cuentas. 20 de las últimas 28. Me da miedo otra vez. Me pongo a pensar en lo que significa. Por suerte, rápido pienso en todo lo que significa y me vuelvo a estirar. Me relajo. Quiere decir que me convencí que no era grave. Me convencí que no es tanto. Me convencí que no es para siempre. Me convencí que en el verano ni me voy a acordar. Pienso "verano" y me imagino con los pies en el pasto. Me imagino viendo a mi hijo caminar por el mismo pasto. Corre. Juli lo levanta. Se ríen, nos reímos. Me siento bien. Mejor que recién. Apreto "Publish Post" y pienso "llevo meses sin postear". Y qué? Apago la compu. La guardo. Agarro la valija y salgo. Otra vez.

martes, 22 de febrero de 2011

El Avión Parlante



Roma tiene un coliseo, Paris una torre, New York, de todo. Todas las grandes ciudades del mundo tienen un ícono, una imagen para miles de postales. Imágenes para recordar. Son las marcas registradas que hacen únicos a tantos lugares en el mundo.

Los que vivimos en Benegas, Carrodilla, La Puntilla o Chacras no tenemos nada de eso. O casi nada, porque siempre va a saltar uno y va a decir pelotudeces del calibre de “El Cortijo porque estuvo Brad Pitt” o “El Calvario porque…” o no sé qué más, pero la verdad es que es una zona medio marrón, con algún shopping con aires de primer mundo y no tanto más. Bueno, gente macanuda, como Rono y su banda de afectos, pero no tanto más.

“No tanto más” pensaba el otro día, mientras lavaba los platos mirando por la ventana como un avioncito despegaba desde el aeroclú, hasta que en ese momento entendí todo: los vecinos de estos pagos no necesitamos ni coliseos, ni torres, ni estatuas de la libertad. No necesitamos nada más porque tenemos un ícono que eclipsa todo lo antes nombrado. Tenemos al avión parlante.

Exacto. Ese mismo avioncito que despegó tímidamente mientras Rono lidiaba con una fuente con tuco pegado, ese mismo aparato encarna todo lo que este lugar del mundo es. El avión parlante, para los que no lo saben, es un artefacto apenas más moderno que el de la imagen que acompaña este post, al cual le ha sido adosado un precario sistema de audio. Dicho sistema se utiliza para torturar sistemáticamente a los vecinos de los barrios antes citados, principalmente los sábados a la mañana, con publicidades cuyos jingles han sido fuertemente influenciados por la ingesta de tintos a mansalva.

Carnes, tinglados, veterinarias, no hay rubro que se quede abajo del avión parlante. El avión parlante todo lo promociona. Sin censura. Sin descanso. Descanso que no le es permitido ni a los vecinos, como ya dije, ni a su piloto, un señor que seguramente reúne una de las siguientes dos características: sordera o demencia.

Así que ya saben, los que no son de Mendoza, ahora sí conocen la verdadera razón por la cual tanta gente visita esta pintoresca provincia. No son sus montañas, con picos nevados o sonoros manantiales de agua mineral. No son sus vinos. No es su gente. No son sus acequias. No es Mur. Es el avión parlante. Un tesoro. Nuestro tesoro mejor guardado.

Para terminar los dejo con una reflexión, inspirada por la fragancia a te verde y limón de mi detergente lavavajilla. Un aforismo que reza: “EL PLATO, CUANDO LIMPIO, LIMPIA A LA ESPONJA”.

jueves, 10 de febrero de 2011

El Mejor Viaje de Todos





Rono, como recordarán, es un bon vivant. El tipo disfruta de los encantos de la vida y encontró en Juli la compañera de aventuras ideal para gozar de los más mundanos placeres terrenales. Uno de esos placeres es, como bien saben, viajar.

Así que, para no perder la costumbre, esta semana, con Juli, hicimos valija y bolso y emprendimos una nueva excursión. Tan planificada como siempre. Bastante más ansiógena que otras muchas.

A diferencia de otras muchas, este viaje no involucró aeropuertos, aunque sí check-in. Tampoco fue un road-trip, aunque hubo que aprender a manejar (en la mayoría de los casos, con doble comando, como en los autos de las academias de conductor).

Cuestión que el lunes a la mañana, bien temprano, Juli y Rono emprendieron otro viaje. Promesa de sumar un tercer pasajero en el camino mediante, la travesía generó en otros – ajenos e íntimos – una expectativa inusitada, casi injustificada.

Hubo camillas, hubo agujas, hubo nervios, hubo de todo, hasta que finalmente, a las 11:14 del lunes 7 de febrero de 2011, Rono y Juli comenzaron el más maravilloso de todos los viajes posibles. El de la paternidad. Un viaje lleno de lágrimas sin sentido, de insomnio y, sobre todo de trascendencia y propósito.

Para Rono terminan, al mismo tiempo, dos viajes: uno breve y otro más extenso. El primero, tuvo que ver con la expectativa, la ansiedad, los miedos y la incertidumbre que rodean a un período de nueve meses donde uno intuye, pero no ve, escucha, pero no comprueba y confía, pero sabe de los infinitos problemas que podrían aparecer en el camino.

El viaje más extenso que termina es el de la eterna adolescencia. No terminan los recitales – si bien en 2010 no hubo ninguno, por primera vez desde 1990 – ni tampoco los gastos ridículos, pero seguramente todo tendrá otro tipo de evaluación. Habrá que sopesar, imaginar escenarios y combinar alternativas, ya que, según dicen, esto de ser papás, parece, es medio peludo.

Esta historia recién comienza y, según parece, lo mejor está aún por venir.

miércoles, 26 de enero de 2011

La Flaca Escopeta, El Piloto Y Un Saquito Que Tiene Vida Propia



Comenzó 2011 y Rono, al igual que en 2010, lanzó su gira en Bahía Blanca, más precisamente en Ingeniero White, ciudad donde se encuentra el castillo ilustrado en la foto que decora este post.

Cuestión que Rono, junto con otras tres almas agitadas por el calor veraniego, partió hacia Oriente, con la idea de pasarse dos días de charlas amenas, con gente que si fuera por ellos, la Argentina se parecería más a Canada que a Zaire, con todo el cariño que uno le puede tener a los morochos testigos de las peleas de Alí. (Sí, ya sé que se llama República Democrática del Congo, pero Rono es más setentoso que los Grand Funk Railroad).

El viaje implicaba ir a Aeroparque, epicentro mundial de cualquier quilombo, de cualquier índole, que una mente (cuasi) humana pueda concebir, para desde allí volar al aeropuerto Espora, que tiene el dudosísimo privilegio de contar con un túnel aéreo sin manga y la cinta transportadora de equipaje más amiga de las tertulias que uno pueda recordar. Uno podría ir hasta el café, pedir un cortado, charlar, tomárselo, pagarlo y volver, para, luego de unos 3 minutos más, ver aparecer su valija a través de las cortinitas de goma. Esto no es en realidad posible, ya que el muchacho de la puerta que comunica el despacho de equipaje con la sala de espera tiene más poder de policía que la KGB y el Mossad juntos y nunca te dejaría salir y volver a entrar.

Pero no me quiero adelantar. Llegamos a Aeroparque y nos podríamos haber quedado los cuatro, piolas, esperando que anuncien la partida del 737-500 a Bahía, pero no, como estamos con fumadores, salimos a la calle – unos 43 grados, fácil – y al regreso, tuvimos que pasar por el scanner.

Delante nuestro, un señor morocho atraviesa el scanner con un handy, más bien una super radio, grande, pro, en la mano. El oficial de seguridad, sin terminar de entender muy bien, sólo se limita a decir “Disculpe, con ESO no puede pasar”, frase que dispara el siguiente diálogo:

Señor Morocho: Sí, lo que pasa es que soy piloto

Oficial de Seguridad: (pausa larga) Y?

Señor Morocho: Claro, los pilotos usamos estas radios.

Oficial de Seguridad: (envuelto en una mezcla de estupor y cierta rabia contenida): Claro, cuando trabajas.

Señor Morocho: No, cuando vuelo (¿?)

Oficial de Seguridad: Pero este avión ya tiene un piloto y no sos vos. (Cambio de lenguaje producto de una ya notoria pérdida de paciencia y control)

Señor Morocho: ……………….pero soy piloto.

Oficial de Seguridad: De otro avión que ni siquiera sé si existe

Señor Morocho: Qué querés? (pérdida de control de todo tipo) Que te muestra la credencial? Acá tenés la credencial! (No, no se bajó la bragueta. Efectivamente, le mostró una credencial)

Oficial de Seguridad: Bien, esta credencial dice que sos piloto. Bárbaro. Pero igual no sos el piloto de este avión. No estás trabajando. Desde ahora hasta que te bajes, sos PA-SA-JE-RO.

Y así siguió un rato más.

Finalmente nos subimos al avión y en medio de adolescentes afectadas por una extraña reacción alérgica que las hace hincharse todas, el estupor, el asombro, la admiración, la fascinación y por qué no, la incredulidad nos invadió inmediatamente. Frente a nuestros ojos, un espejismo, una mirage, un deseo reprimido, un sueño hecho realidad: LA FLACA ESCOPETA.

Por un segundo, hubo silencio, nuestros ojos no podían creer lo que veían. Estábamos en presencia de uno de los máximos exponentes del desequilibrio químico producto del exceso de sustancias de la historia de la radio televisión argentina. Eramos parte de la historia. Eramos una pieza más de la leyenda.

Y finalmente arribamos a Bahía, esperamos incontables minutos por nuestras valijas, fuimos a White, pasamos calor, paseamos en autos con olor a nuevo, y pegamos la vuelta.

Siempre en compañía “del saquito”. El saquito, desde lejos, parecía una prenda de mujer como cualquier otro abrigo liviano que una bella dama podría conseguir sin mayores inconvenientes, pero eso, solo desde lejos.

Desde cerca, el saquito resultó tener vida propia. No podría decir si alas o piernas. Quizás las dos, quizás aletas de pingüino o tentáculos, no lo sé. Lo cierto es que en reiteradas ocasiones hizo denodados esfuerzos (vieron que los esfuerzos siempre son denodados, así como los incendios siempre son voraces?) para escapar de su dueña.

Hasta que finalmente lo consiguió. Cómo? Nunca lo sabremos. Creemos entender que tiene que ver con la maldición del piloto, pero jamás podríamos encontrar prueba fehaciente (las pruebas suelen ser fehacientes también) que así lo demuestre. Simplemente lo presenciamos, fuimos testigos absortos de la maniobra y no pudimos hacer nada al respecto.

Qué paso? “It’s hard to put it to words”, diría un señor bajito de los cincuentas, pero fue algo masomenosasí: el saquito venía paseando por la cinta del mismo scanner por el cual el piloto no pudo pasar su radio. Entra al scanner, se produce una desintegración molecular seguida de hurto, y a la salida…pufff!!! Chau saquito. Y colorín, colorado, esta historia de “oficiales de seguridad” hijos de mil putas, corruptos como las conchas de sus hermanas, ha terminado.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Buscando desesperadamente a Rono



Casi seis meses pasaron desde la última aparición online de Rono. El clamor popular, la radio-pasillo, rumores de posibles enfermedades terminales, enredos de cama, affairs con estrellas de Hollywood y demás razones hacen que hoy Rono decida tomar el toro por las astas y responder a tantos interrogantes de la manera que mejor sabe hacerlo: no respondiendo nada.

No voy a enumerar los hechos, ni públicos ni privados, que acaecieron desde aquel último post de mayo. En ninguno de ellos está la razón de tamaño parate. Nada podría explicar semejante huelga de palabras. Simplemente decir que la motivación a veces puede ser una mina bien putita. De esas que sólo seduce, de una manera extremadamente sugestiva, sin llegar a concretar nada. Así es como funciona mi motivación últimamente. Pega panfletos, escribe en los fanzines de mi cabeza acerca de cosas que van a pasar, pero cancela el show en el último segundo.

A veces, la vida nos pide un break de nuestra agobiante rutina. El tema es ¿cómo hace Rono para necesitar un break si no sólo que su rutina no es agobiante, sino que ni siquiera tiene una rutina? Existe tal cosa como el burnout por no hacer nada? Existe tal cosa como el querer hacer algo que uno no sabe qué es, aunque eso implique agotar recursos que uno ni siquiera sabe que tiene?

Son muchas las preguntas. Muy pocas las respuestas. Este, por ejemplo, podría ser el último post de acá a otros seis meses. O no. Quizás sea la reapertura de un espacio que supo despertar sensaciones placenteras. Un espacio de reflexión acerca de cosas de las cuales nadie tiene ganas de reflexionar. O quizás simplemente sea otra movida más de Rono en busca de algo que algunos llaman felicidad y Rono conoce como Dove de chocolate con ganache.