miércoles, 26 de enero de 2011

La Flaca Escopeta, El Piloto Y Un Saquito Que Tiene Vida Propia



Comenzó 2011 y Rono, al igual que en 2010, lanzó su gira en Bahía Blanca, más precisamente en Ingeniero White, ciudad donde se encuentra el castillo ilustrado en la foto que decora este post.

Cuestión que Rono, junto con otras tres almas agitadas por el calor veraniego, partió hacia Oriente, con la idea de pasarse dos días de charlas amenas, con gente que si fuera por ellos, la Argentina se parecería más a Canada que a Zaire, con todo el cariño que uno le puede tener a los morochos testigos de las peleas de Alí. (Sí, ya sé que se llama República Democrática del Congo, pero Rono es más setentoso que los Grand Funk Railroad).

El viaje implicaba ir a Aeroparque, epicentro mundial de cualquier quilombo, de cualquier índole, que una mente (cuasi) humana pueda concebir, para desde allí volar al aeropuerto Espora, que tiene el dudosísimo privilegio de contar con un túnel aéreo sin manga y la cinta transportadora de equipaje más amiga de las tertulias que uno pueda recordar. Uno podría ir hasta el café, pedir un cortado, charlar, tomárselo, pagarlo y volver, para, luego de unos 3 minutos más, ver aparecer su valija a través de las cortinitas de goma. Esto no es en realidad posible, ya que el muchacho de la puerta que comunica el despacho de equipaje con la sala de espera tiene más poder de policía que la KGB y el Mossad juntos y nunca te dejaría salir y volver a entrar.

Pero no me quiero adelantar. Llegamos a Aeroparque y nos podríamos haber quedado los cuatro, piolas, esperando que anuncien la partida del 737-500 a Bahía, pero no, como estamos con fumadores, salimos a la calle – unos 43 grados, fácil – y al regreso, tuvimos que pasar por el scanner.

Delante nuestro, un señor morocho atraviesa el scanner con un handy, más bien una super radio, grande, pro, en la mano. El oficial de seguridad, sin terminar de entender muy bien, sólo se limita a decir “Disculpe, con ESO no puede pasar”, frase que dispara el siguiente diálogo:

Señor Morocho: Sí, lo que pasa es que soy piloto

Oficial de Seguridad: (pausa larga) Y?

Señor Morocho: Claro, los pilotos usamos estas radios.

Oficial de Seguridad: (envuelto en una mezcla de estupor y cierta rabia contenida): Claro, cuando trabajas.

Señor Morocho: No, cuando vuelo (¿?)

Oficial de Seguridad: Pero este avión ya tiene un piloto y no sos vos. (Cambio de lenguaje producto de una ya notoria pérdida de paciencia y control)

Señor Morocho: ……………….pero soy piloto.

Oficial de Seguridad: De otro avión que ni siquiera sé si existe

Señor Morocho: Qué querés? (pérdida de control de todo tipo) Que te muestra la credencial? Acá tenés la credencial! (No, no se bajó la bragueta. Efectivamente, le mostró una credencial)

Oficial de Seguridad: Bien, esta credencial dice que sos piloto. Bárbaro. Pero igual no sos el piloto de este avión. No estás trabajando. Desde ahora hasta que te bajes, sos PA-SA-JE-RO.

Y así siguió un rato más.

Finalmente nos subimos al avión y en medio de adolescentes afectadas por una extraña reacción alérgica que las hace hincharse todas, el estupor, el asombro, la admiración, la fascinación y por qué no, la incredulidad nos invadió inmediatamente. Frente a nuestros ojos, un espejismo, una mirage, un deseo reprimido, un sueño hecho realidad: LA FLACA ESCOPETA.

Por un segundo, hubo silencio, nuestros ojos no podían creer lo que veían. Estábamos en presencia de uno de los máximos exponentes del desequilibrio químico producto del exceso de sustancias de la historia de la radio televisión argentina. Eramos parte de la historia. Eramos una pieza más de la leyenda.

Y finalmente arribamos a Bahía, esperamos incontables minutos por nuestras valijas, fuimos a White, pasamos calor, paseamos en autos con olor a nuevo, y pegamos la vuelta.

Siempre en compañía “del saquito”. El saquito, desde lejos, parecía una prenda de mujer como cualquier otro abrigo liviano que una bella dama podría conseguir sin mayores inconvenientes, pero eso, solo desde lejos.

Desde cerca, el saquito resultó tener vida propia. No podría decir si alas o piernas. Quizás las dos, quizás aletas de pingüino o tentáculos, no lo sé. Lo cierto es que en reiteradas ocasiones hizo denodados esfuerzos (vieron que los esfuerzos siempre son denodados, así como los incendios siempre son voraces?) para escapar de su dueña.

Hasta que finalmente lo consiguió. Cómo? Nunca lo sabremos. Creemos entender que tiene que ver con la maldición del piloto, pero jamás podríamos encontrar prueba fehaciente (las pruebas suelen ser fehacientes también) que así lo demuestre. Simplemente lo presenciamos, fuimos testigos absortos de la maniobra y no pudimos hacer nada al respecto.

Qué paso? “It’s hard to put it to words”, diría un señor bajito de los cincuentas, pero fue algo masomenosasí: el saquito venía paseando por la cinta del mismo scanner por el cual el piloto no pudo pasar su radio. Entra al scanner, se produce una desintegración molecular seguida de hurto, y a la salida…pufff!!! Chau saquito. Y colorín, colorado, esta historia de “oficiales de seguridad” hijos de mil putas, corruptos como las conchas de sus hermanas, ha terminado.

1 comentario:

iletrario dijo...

Antes que nada, Juampi, me alegro de que hayas vuelto a publicar. Hacía tiempo que nos tenías abandonaos.

Por lo demás, deberías ir juntando estas crónicas del Tercer mundo surrealista. Me gustan. Sobre todo, en esta, me gusta el diálogo. (Yo, por cierto, junto diálogos de esos, que atrapo por ahí.)

En cuanto al lugar común, aguda observación. También las ganancias son siempre pingües (¿hay algo más que sea pingüe?), las piernas de vértigo y el llorar desconsolado.

Un abrazo,

Xavi