domingo, 9 de agosto de 2015

Ficción 1 - Realidad 5 (Goleada)



Para Rono y Julita esa era, hasta ese momento, una mañana como cualquier otra. Música clásica, galletitas danesas y diversas lecturas de cultura general acompañaban sus conversaciones acerca del estado actual del cine iraní y las escasas alternativas de mercado donde conseguir ciboulette cerca de casa.
Nada hacía suponer que algo podía alterar esa rutina. Nada en el horizonte presagiaba lo desafiante que resultaría ese día para ellos. El destino tenía reservada una sorpresa y esa sorpresa estaba llena de adrenalina y sudor.

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Santoro y Valerina se habían conocido en un período en que sus vidas como agentes estaban atravesando una etapa fuertemente marcada por el tedio. Luego de varias operaciones en el Norte de África y Centro América respectivamente, ambos llevaban meses haciendo trabajo administrativo rutinario, viendo como los aterrizajes en noches sin luna en paracaídas habían dado paso al tazón de café y los biblioratos. Esa situación propició largas charlas que fueron terreno fértil para el amor. De ese amor vinieron los hijos, pero en la cabeza de un agente la vida familiar es algo accesorio, por lo que ambos habían solicitado una nueva misión. Esta vez, por primera vez, formarían parte de una misma misión. Una operación que cambiaría sus vidas para siempre.

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Dolores es una mujer con una vida asociada al dolor y la muerte. A los 16 años se convirtió en modelo gracias a una belleza que hoy, más de 50 años después, sigue estando presente, camuflada detrás de arrugas, canas y el aroma único y particular de las alfombras viejas. Su profesión de modelo de pasarela la llevó a trabajar con los más exclusivos diseñadores, por lo que a los 22 años, luego de haber recorrido el mundo, decidió radicarse finalmente en París. Durante años frecuentó fiestas y entre sus amistades estaban Jean Paul Belmondo y su mujer Elodie, sus vecinos en Saint Germain des Pres. Fue durante esos años, época en que los servicios de inteligencia luchaban arduamente por reclutar a los asesinos más certeros y letales que Dolores conoció al Hombre de la Mochila Negra. Un personaje con más de 27 nacionalidades, de raza híbrida, capaz de pasar desapercibido en cualquier aeropuerto, estación de trenes o estadio del mundo. De conversaciones con Dolores, durante apasionadas noches de excesos, podemos deducir que había nacido en Chipre. No era relevante, ya que nunca conoció a su familia y siempre fue un agente. Un quíntuple agente. Un personaje sin parangón. Cuando Dolores estaba cerca, El Hombre de la Mochila Negra dejaba de ser él mismo. Dejaba de lado su instinto asesino y se transformaba en un espécimen doméstico, cocinero, dócil, casi locuaz. Podían conversar por horas si había varios paquetes de Gauloises y una botella de Beaujolais.
Una mañana, Dolores despertó con frío. Al abrir los ojos, descubrió que estaba sola. Solo la acompañaban una botella semi vacía, dos copas manchadas y una caja de Gauloises, un sello indeleble para el resto de sus días.

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La Mochila Negra no es un recipiente más. Sus características son tan ricas como su historia, ambas tan excepcionales como quienes a lo largo de los años se han encargado de otorgarle el status de leyenda que hoy posee. Ninguno de los mitos acerca de la Mochila Negra es más intrigante que su historia. Las versiones detrás de este raro objeto no llegan a conformar una versión completa de su recorrido. La verdadera historia de la Mochila Negra supera a la leyenda de la Mochila Negra, ya que la leyenda habla de sus hazañas, pero peca al pasar por alto a los responsables de las mismas. La Mochila Negra es un lugar donde confluye la esencia del ser humano. Es el ser humano reducido a sus actos más primitivos y a sus pensamientos más complejos.
De su origen podemos decir que está confeccionada en cuero ruso y que nació como un antojo de un zar quien consideró que él ya era lo suficientemente maduro y autónomo a los 6 años de edad como para dejar que sus sirvientes lleven su réplica de pistola avancarga, su juguete más valioso.
A partir de ese momento, su destino como recipiente de instrumentos de muerte quedaría sellado.

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Nikolay soñó de niño con ser soldado. Amaba el uniforme de su padre, un reconocido militar de carrera, con un historial impoluto. Héroe de octubre del 41, momento cúlmine de la resistencia soviética frente a la Operación Barbarroja nazi. Nicolay nació en el 42, como fruto de la gloria del regreso de su padre a casa. Disfrutaba de los desfiles y conoció a Nikita Krushchev el día que terminó la secundaria.
A los 24 años se unió a los Servicios de Inteligencia Soviéticos y rápidamente demostró su habilidad como interrogador, fanático del dolor físico ajeno. Su destreza para torturar le reveló su verdadera vocación, algo que íntimamente sospechaba, pero que el mandato paterno había silenciado: la medicina. Sus enormes conocimientos de anatomía lo convirtieron en un arma letal, aunque con el tiempo su corazón se fue ablandando y su devoción por el comunismo se fue diluyendo, por lo que sus víctimas “gozaban” de la técnica de Nikolay para curar lo recientemente lastimado.
Con el fin del comunismo, Nikolay optó por viajar y al llegar a la Argentina se enamoró de Buenos Aires. Su gusto por el vodka y las mujeres se adaptó a su nuevo hábitat y eligió al barrio de Villa Urquiza para envejecer y disfrutar de esa vejez de manera contemplativa. Un día, caminando por la calle, ayudó a socorrer a una mujer que había quedado atrapada debajo de un camión repartidor de soda. Su pasado lo traicionó, engañó a todos como en su época de interrogador y convenció a los testigos de que era, efectivamente, un médico. Desde ese momento se dedicó a atender pacientes sanos, interrogándolos en su despacho y luego investigando acerca de sus vidas privadas con una combinación de herramientas tecnológicas modernas y una gran dosis de suspicacia comunista.

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La Mochila Negra, desde la época de la posguerra y el levantamiento de la Cortina de Hierro en Europa, estuvo siempre asociada a guerrillas y movimientos revolucionarios. A comienzos de los 80s, el enfrentamiento entre Irán e Irak la depositó en Bahréin. En aquellos días, la isla era un refugio para agentes que operaban en ambos bandos de la guerra. Al finalizar el conflicto, los agentes buscaron asilo en Siria y la Mochila descansó en un viejo baúl por casi una década.

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Santoro y Valerina habían depositado grandes expectativas en esta misión. Por primera vez estarían juntos en “El Campo”, como preferían llamar los agentes a cualquier destino asociado a una misión. Tenían claro que el éxito dependía de una comunicación a un nivel diferente al de la pareja. Volvía a la misma la dinámica de las órdenes directas, no tanto entre ellos, ya que no existían diferencias jerárquicas, sino hacia ellos por parte de coordinadores a kilómetros de distancia. En principio, la misión no ofrecía una dificultad mayúscula. Ambos sabían perfectamente que la frase “misión sencilla” era propiedad de los cadáveres, pero entendían que esta misión era aceptable en términos de complejidad y la sentían compatible con su plan de reinsertarse paulatinamente en el mundo del espionaje.

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El corazón roto en París, lamentablemente, no fue el único episodio de desencuentro amoroso en la vida de Dolores. Sus implantes mamarios de comienzos de los 80s la transformaron en una figura tremendamente atractiva, aunque esa atracción fue en todos los casos una fuente de desilusiones. Su apariencia sexy comunicaba mensajes ambiguos, incorrectos o sencillamente dolorosos. Dolores quería ser amada y sus parejas pensaban que ella solo buscaba sexo, lujuria, desenfreno. Su cuerpo pedía calma, pero vendía escándalo. Su vida necesitaba paz y sus curvas solo batallas. Uno tras otros fueron pasando por su vida los maridos perfectos, los hombres soñados, los príncipes azules, hasta que un día, todo llegó a su fin. Una mañana, Dolores, como tantas otras veces, amaneció sola. Otra habitación llena de pruebas de una noche intensa. Otra habitación con un silencio tan desgarrador como los anteriores. El mensaje era claro. Esa vida de amantes pasajeros era demasiado sórdida y debía concluir. Armó un pequeño bolso, manejó hasta el aeropuerto y compró un pasaje a un lugar lejano y familiar: Buenos Aires.

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La Mochila Negra amaneció en el baúl, como cualquier otra mañana, aunque ese día, todo fue diferente. Fue llenada con explosivos y viajó miles de kilómetros, primero por tierra, luego por avión y finalmente en alíscafo, hasta un lugar del cual todos hablaban, pero al que llamativamente nunca había sido llevada: Buenos Aires. A las pocas horas fue subida a un vehículo y alistada para ser detonada frente a una Embajada. Hubo explosiones, pero nadie pareció tener el coraje para detonar a la Mochila Negra. A los dos años hubo más explosiones, pero la Mochila Negra tampoco detonó. La historia se transformó en una profecía. La Mochila Negra traía muerte, pero ella estaba destinada a vivir. La Mochila Negra se transformó en la muerte misma, capaz de ser aquello que existe solo cuando todo lo otro deja de existir. Por lo que permaneció en Buenos Aires, escondida, en una suerte de exilio, lejos del horror y la violencia.

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Luego de una exhaustiva investigación, la Oficina Central determinó que la Mochila Negra debía ser devuelta a Rusia, ya que su condición era no solamente una fuente inagotable de gastos evitables, sino que una permanente fuente de conflicto entre todos aquellos que reclamaban propiedad sobre ella. Por tal motivo, la Oficina Central decidió poner fin a las tensiones y determinó que Santoro y Valerina fueran los encargados de realizar una entrega coordinada en Londres. La misión era crítica, pero sencilla y consistía en 3 simples pasos: I) recuperar a la Mochila Negra del escondite donde había permanecido por 20 años desde la época de los atentados. II) trasladarla a Londres, donde sería entregada en un punto a coordinar con la Oficina Central. III) regresar a Buenos Aires con “el microfilm de la vergüenza”, la única prueba existente de que la Carrera Espacial Soviética tenía aún menos veracidad que los alunizajes americanos. Tamaña prueba no podía descansar en otro lugar que, precisamente, el refugio que había sido utilizado por la Mochila Negra.

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Esa mañana fue diferente a todas para Santoro y Valerina. La presencia de la Mochila Negra generaba sensaciones muy diferentes. Una suerte de adrenalina paralizante, lo opuesto a lo que frecuentemente experimentaban como pareja todas las mañanas. Era evidente que la criticidad de la situación que tenían por delante había impuesto un estado de ánimo singular. Ambos se encontraban muy estimulados por la idea de viajar juntos, tener una experiencia “de campo” como socios, cómplices, amantes, pero todo aquellos era poco disfrutable si a esa sociedad la completaba nada menos que la Mochila Negra. El cronograma era sencillo. Un auto los recogería a las novecientas horas para trasladarlos a una base militar semi-abandonada y desde allí volarían en helicóptero hasta un buque que los esperaría mar adentro. Navegarían una semana hasta arribar a Gibraltar, donde un contacto los acompañaría a Londres para la entrega final. La misión era tan secreta que esta vez no había aeropuertos involucrados. Ningún pasaporte falso les aseguraba éxito. Era ciertamente una misión top priority.

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Nikolay había vuelto a una rutina que mantenía su cabeza ocupada y eso le permitía escapar de las pesadillas propias de sus días como torturador. Bonsai por las mañanas, esgrima por las tardes. Solo los jueves eran diferentes, ya que ese día, viajaba varios kilómetros hasta un Pigeon Club en el medio de la llanura pampeana para practicar skeet. Tenía la sensación de que podría haber sido un atleta olímpico de la especialidad, aunque el uso de la escopeta era en su cabeza algo demasiado occidental, casi una traición. Así transcurrían sus semanas. Intercalando falsos pacientes en su falsa profesión de médico de manera aleatoria, casi serendípica. Típicamente, lo único que interrumpía ese tedio era el sexo pago que ocasionalmente tenía lugar los lunes por la noche, acompañado por alguna centroamericana de piel morena, una botella de vodka y finos Cohiba Esplendido que fumaba en momentos de felatio. Cuando esto ocurría sus martes eran breves, efímeros y de mucho malestar. Fue en una noche de martes, en soledad, donde sintió que algo estaba por cambiar. No pudo entender qué era, pero sabía que no sería ni un paciente ni otro bonsái.

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El auto negro se detuvo frente al domicilio temporario de Santoro y Valerina a las ochocientas cincuenta. Santoro preguntó “¿vamos?”, a lo que Valerina respondió “cuando quieras, estoy lista”. El descenso en ese ascensor espejado se hizo más largo de lo habitual. No tanto por las paradas en los pisos 37, 22 y 16, sino por el peso de la responsabilidad de haber comenzado un periplo acompañados de la Mochila Negra. Era inevitable pensar que cada vez que ese espíritu del mal con forma de pequeño equipaje de mano viajaba, alguien – muchos por lo general – moría. Santoro lo sabía, Valerina lo sabía, pero nunca había formado parte de sus conversaciones. Esa sensación de no poder comunicar esas emociones convertía a la situación en más tensa, más aguda y más agobiante. Al ingresar al vehículo, el chofer les pasa un teléfono satelital diciendo “cambio de planes”. Luego de confirmar con el interlocutor del otro lado del teléfono las identidades, el supuesto representante de Oficina Central dijo “hay problemas con el buque. Dirijanse a Aeroparque”. El nivel de adrenalina se quintuplicó. Santoro y Valerina sabían que la Mochila Negra y los aeropuertos eran una combinación con atroces antecedentes. Pudieron sentir el frío de la muerte apoderarse del interior del vehículo. Al llegar al lugar, caos. Un equipo de balonmano, una delegación de jubilados del gremio de la Carne y cientos de adolescentes partiendo de viaje a San Martín de los Andes colmaban el hall del aeropuerto. En ese momento, el chofer dice “vengan por aquí” y los dirige a una pequeña puerta sin cartel. Al abrirse, oscuridad del otro lado. Solo el haz de luz proveniente del hall y unas sillas en un orden aleatorio, desprolijo. “Tomen asiento hasta que el avión esté en condiciones de partir”. Solo unos segundos pasaron desde que se sentaron con mucha dificultad producto de la falta de iluminación hasta que tomaron conciencia que la Mochila Negra ya no los acompañaba. Al reaccionar, Santoro y Valerina notaron que el chofer que los había guiado hasta ese cuarto oscuro no era en realidad el chofer y temieron por sus vidas. El gigantesco cuerpo de ese agente respondió por intercomunicador “Entendido” y desapareció por una puerta que ni Santoro ni Valerina pudieron abrir.  En ese momento no podían creer lo ingenuos que habían sido. Comprendieron el precio que habían pagado por pasar tantos años alejados “del campo”. Ya nada era igual, pero ninguna de esas reflexiones era relevante. La Mochila Negra había desaparecido.

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Rono y Julita estaban alejados del mundo del espionaje. Sus vidas se habían aburguesado y lejos habían quedado los días de intensos reconocimientos de campo, transcripción de documentos clasificados y fiestas secretas en mansiones ocultas. Todo eso estaba archivado. Era un paquete conservado como una memoria lejana. Ni siquiera eran vívidos recuerdos. Era más una sensación, una experiencia que los había marcado, pero que no ocupaba ningún lugar en sus vidas. Ni siquiera sus redes de amistades eran tan fuertes y ahora mantenían contactos diplomáticos en solo 196 países. La muerte del Embajador canadiense en Maputo había cerrado un ciclo, una era. Atrás habían quedado esas largas conversaciones grupales a la sombra de las acacias, bebiendo Darjeeling helado. Hasta que llegó esa mañana donde se dio el siguiente diálogo:

-          Rono: Hola. Asumo que es importante. Este número no sonaba hace nueve años.
-          Oficina Central: Es crucial. Robaron la Mochila Negra. Sin ella, es imposible dar vuelta la página con respecto a la Guerra Fría. Necesitamos que la recuperen. Julita seguro sabe cómo hacerlo.
-          Rono: les va a salir carísimo.
-          Oficina Central: lo sabemos. Hablamos con Haagen Dazs. Ya está en marcha una edición limitada de Rocky Road. Se llamaría “R&J”. No estaría a la venta.
-          Rono: Hhhhmmmm, suena tentador. Sumale una cena con amigos en Oscarborg. Esa islita de mierda tiene ese nosequé.
-          Oficina Central: dalo por hecho. Tienen 12 horas.
-          Julita: me sobran 7. En 5 te llamo. Bye

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Los terroristas lo tenían claro. No tenían demasiado tiempo para ocultar la Mochila Negra. La Oficina Central puede haber cometido un error al planear la misión de esa manera, pero no cometería otros a la hora de poner en marcha el operativo rescate. Conociendo el hecho de que la Mochila Negra es sinónimo de muerte, varios agentes coquetearon con la idea de llenarla de rocas, arrojarla al mar y suicidarse. Después de todo, la diferencia entre un final planificado y ese sería mínima. La letalidad de la Mochila Negra elimina el suspenso de cualquier historia. Todo moría. Punto. No obstante, uno de los agentes, en un rapto de brillantez, pensó en el escape perfecto. Pensó en la única persona que poseía un recuerdo nostálgico respecto de la Mochila Negra. Solo ella pensaba en cosas positivas al verla. Solo Dolores sería capaz de abrazarla. Y hasta amarla.

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Dolores descansaba plácidamente durante los 15 minutos de gap entre el efecto del Chivas 18 y el kick de los antidepresivos que consumía de manera compulsiva. Esos 15 minutos eran llenados por los sueños más vívidos y placenteros. Al terminar, el frenesí de los antidepresivos solía transformar la dulzura del recuerdo en óxido y toda la imagen se transfiguraba y mutaba hacia el odio y el remordimiento. Esa mañana, los 15 minutos fueron solo 4. Al quinto minuto, sonó el teléfono. Dolores odiaba ese sonido, pero mucho más lo odiaba durante esos 15 minutos. Arrojó el vaso casi vacío, con algunos restos de hielo derretido y aroma a alcohol, pero falló. Solo logró manchar otra vez la pared, pero el teléfono siguió sonando. Se juró no atender. El tercer intento venció su voluntad de ostracismo y se puso de pie con la ayuda de varios muebles. Caminó mareada hacia el teléfono y del otro lado escuchó “necesitamos…tenemos…poco tiempo…último recurso…Mochila Negra”. Su corazón se detuvo. Su cuerpo se trasladó a París. Su olfato se llenó de humo de Gauloises y sus ojos de lágrimas. Contestó que sí, con voz entrecortada. Del otro lado se escuchó “en 20 minutos haremos la entrega”. Y por un par de minutos, Dolores permaneció inmóvil, llamativamente sobria, de pie, tiesa, hasta que las lágrimas se secaron en su mejilla.

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Santoro y Valerina optaron por recluirse. Necesitaban tiempo para procesar esas últimas dos horas. Sus cabezas pasaron de la euforia a la frustración como solo el deporte puede lograrlo. Esto no sería fácil de digerir. Implicaba una renuncia, no formal, no estricta, sino una renuncia moral, a sus expectativas, a sus sueños compartidos, a sus aventuras con forma de intriga, adrenalina y muerte. Esta vez la que falleció fue la ilusión y por ello necesitaban escapar. Optaron por Fernando de Noronha. Era la antípoda de lo que normalmente elegían: metrópolis, destinos exclusivos, paisajes idílicos. Esta isla solo ofrecía exilio,  reclusión, silencio. Era su mejor alternativa, entre muy pocas. No había tiempo para debates. Eso quedaba reservado para más adelante. Si es que la Oficina Central no tenía otros planes al respecto.

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Julita sabía que la Mochila Negra no iría lejos, aunque su tendencia a sobresimplificar imaginó la ruta más lógica: la Triple Frontera. Su contacto allí fue advertido, aunque no era ninguna garantía. La mayoría de los soplones, agentes de tercer rango y demás eslabones de la cadena del espionaje no demoraban mucho en huir cuando lo que escuchaban era cualquier cosa relacionada con la Mochila Negra. El terror del guaraní fue revelador para Julita. La Mochila Negra terminaría en manos de alguien que no le temía. Eso dejaba dos caminos posibles: un suicida o Dolores. Julita detestaba la mera pronunciación de ese nombre. El odio tenía un origen: durante los 90s Julita tuvo la oportunidad de “borrar” al Hombre de la Mochila Negra en Dubrovnik. La operación era sencilla. Sin embargo, alguien le facilitó un salvoconducto al misterioso portador. Disfrazado de monje, se escondió una noche en la Catedral gracias a la intervención del Arzobispo de Bari, quien no era otro que el tío de Dolores. Al día siguiente cruzó el Adriático y permaneció en una abadía cerca de Bari hasta que los hombres de Julita dejaron de rastrillar la zona. Julita estuvo 4 años obsesionada con esa operación. Hasta que un agente italiano aportó los datos que sirvieron para conectar los puntos. El oficial italiano había registrado la abadía que sirvió como refugio debido a que el Hombre de la Mochila Negra optó por asesinar a uno de los monjes quien se había negado a ofrecerle información acerca de su identidad. El Hombre de la Mochila Negra era experto en apropiarse de vidas ajenas y permanecer meses oculto tras la máscara de una identidad robada. Al registrar la abadía, tuvo la oportunidad de interrogar al arzobispo, quien le comentó que había vivido unos meses en París, en casa de una sobrina argentina y su pareja. Cuando el agente italiano decidió verificar esta historia constatando el domicilio del arzobispo en Francia, lo inimaginable surgió. Ese domicilio era el último paradero conocido del Hombre de la Mochila Negra. El último registro feliz en la vida de Dolores. Sorprendido por la coincidencia, el agente regresó al Arzobispo quien le confesó, avergonzado, que ese viaje debió haber durado solo una semana, pero que el atractivo y la sexualidad del Hombre de la Mochila Negra lo cautivaron de tal manera, que encontró diversas excusas para pedirle a Dolores que le permita extender su estadía. A cambio Dolores, en ese momento muy enamorada del Hombre de la Mochila Negra, le pidió que hiciera todo lo humanamente posible por encontrarle salvoconductos, ya que ella conocía ya en esa época su reputación y las intenciones de la Oficina Central de capturarlo. Debido a tamaña animosidad entre Dolores y Julita, Rono intervino. Con su arrojo característico, instó a Dolores a regresar la Mochila Negra a Londres a cambio de una jugosísima recompensa. Dolores titubeó. Su situación financiera dejaba mucho que desear y ya tenía una lista de viajes pendientes que la incomodaba. Además, su experiencia en el mundo del espionaje le hacía suponer que, de negarse, su vida no sería fácil gracias a la obstinación con la que la Oficina Central suele rastrear a aquellos que se muestran como enemigos o cómplices de tales.

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Esa mañana, Nikolay estaba particularmente de buen humor. Había amanecido un poco más tarde de lo habitual, pero el sol que entraba por la ventana fue un aliciente para que se levante de la cama con otra energía, como si estuviese a punto de realizar una tarea estimulante. Con la ansiedad propia de un niño el día de excursión con el colegio o de una función de circo. Nada tenía relación con su estado de ánimo, ya que su bonsái no iba necesariamente perfecto, al menos no como a Nikolay le gustaba que fueran las cosas. Desayunó abundante y se concentró casi obsesivamente en eso que no toleraba de su bonsái. Lo estudió por varios minutos y llegó a la conclusión de que sus intervenciones hasta ese punto habían sido demasiado agresivas y recordó las palabras de su mentor en el tema: “habrá días donde no hacer nada al respecto será una intervención brillante. Esos días no serán pocos”. Cuando había tomado, con cierto grado de resignación, la decisión de no hacer nada al respecto y ser respetuoso del consejo de su instructor, el teléfono sonó. Del otro lado estaba Rono, con una mezcla de desprecio, desesperación y agresividad en su voz. La mañana de Nikolay. El día de Nikolay. El resto de la vida de Nikolay cambió para siempre.

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Rono y Julita decidieron descartar la negociación con Dolores. Rápidamente comprendieron que era inútil. Los sentimientos de ella para con la Mochila Negra estaban demasiado arraigados. Sin embargo, no fue lo que le comunicaron. La percepción de Dolores era que esa negociación duraría varios días. Por lo tanto comenzó a pensar más obsesivamente en cifras, objetos, diferentes elementos a conseguir a cambio de la Mochila Negra. En ese tiempo en el cual la negociación supuestamente evolucionaba, Rono y Julita sopesaban opciones. Eliminar a Dolores era la más tentadora para Julita, quien, a decir verdad no barajaba otras alternativas. Para Rono sí existía un abanico de alternativas. Sabía que los norcoreanos eran capaces de destruir la Mochila Negra, lo que suponía una solución definitiva para la Oficina Central, a expensas del intercambio del microfilm que evidentemente no se llevaría a cabo. También sabía que los israelíes eran capaces de robar a la Mochila Negra. Esta opción representaba un riesgo altísimo, ya que ese instrumento de muerte en manos sionistas era sinónimo de mayor desequilibrio en Medio Oriente. Al momento de evaluar ayuda proveniente de Rusia, a sabiendas que esos grupos de élite son, en realidad, mercenarios que suelen extorsionar a sus clientes por años, la atención de Rono se desvió hacia un rincón de la memoria casi clausurado. Recordó fugazmente que en el ’86, un ruso había descuartizado a su víctima con una sola mano. Las noticias dentro de la Oficina Central catalogaron al asesino como el “manco de San Basilio”. Meses después, una fuente muy confiable relató lo inimaginable: no se trataba de un asesino manco. Lo que en realidad sucedía era que este ex-agente, conocido torturador, utilizaba su mano menos hábil para masturbarse. Practicar el onanismo durante el descuartizamiento era una destreza que había desarrollado durante la invasión soviética a Afganistán, periodo en el que no tuvo contacto con una mujer por 37 meses. Rono lo rastreó y conocer que estaba radicado en Buenos Aires fue una señal reveladora. Él era el salvoconducto. Era hora de que Dolores conociera a Nikolay.

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Luego de que el portero eléctrico sonara por cuarta vez, el siguiente diálogo tuvo lugar:

-          Dolores: quién es?!...¿qué pasa?
-          Nikolay:…soy el médico de OSDE…la señora del segundo D está desvanecida…necesito entrar…el encargado no responde…¿no sería tan amable?
-          Dolores: no puedo…tengo que vestirme…voy a demorar
-          Nikolay:…no hay problema…llevo 7 minutos intentando entrar y soy la única esperanza de esa pobre señora.
-          Dolores:…a ver…aguarde un minuto…

Los minutos fueron cuatro. Finalmente, Dolores, envuelta en un antiguo desabillé, salió a abrir. Nikolay aguardaba paciente, con una sonrisa diplomática que comunicaba gratitud, aunque significaba placer perverso. Dolores lo hizo pasar y dejó que Nikolay se adelante hasta la puerta del ascensor. El agradeció y ensayó una rápida despedida. Ella, con un gesto, saludó mínimamente y continuó su paso hasta la puerta de su departamento, entreabierta. Ingresó, tomó el picaporte para cerrar y un par de milímetros antes de trabarse, el movimiento de la puerta fue interrumpido por un breve golpeteo. El ruido estremeció brevemente a Dolores, quien inmediatamente escuchó una voz familiar. Nikolay le preguntaba si podía llamar al encargado, ya que él no había tenido suerte al querer hacerlo desde la calle. Dolores aceptó a regañadientes. Cuando se dispuso a discar, su vista se fijó en el display de su teléfono, ya que debía hacer un esfuerzo de concentración adicional para ver qué números marcaba. En ese momento su vista se nubló y al despertar, estaba amordazada, dolorida, recostada sobre su propia cama. No lograba ver con claridad, pero la figura que tenía frente a ella, parecía estar afilando una enorme tijera. No lo era. Era una pinza similar a la que utilizan los odontólogos para realizar extracciones de piezas dentarias. En ese momento, Dolores tomó conciencia de que su boca estaba muy abierta debido a la presencia de un objeto que le imposibilitaba mover sus mandíbulas. Sus ojos comenzaron a llorar. Su cabeza comenzó a recorrer los momentos más memorables de su vida. Pensaba que con la Mochila Negra a su lado, los que morían eran otros. Esta escena debía ser un error. No formaba parte de la película de su vida. En ese momento, Nikolay comentó con una voz muy calma y serena que ya había registrado todo el lugar y no había encontrado la Mochila Negra. Ese era el estilo de Nikolay. Actuaba sin darle entidad a su víctima, ignorando cualquier signo de vida. Eso lo hacía un excelente torturador. Su foco era la tarea, no la persona. Eran solo piezas dentarias, no hombres ni mujeres. Su cabeza no entendía por qué lo estaba disfrutando. Sabía que luego de esto volverían las pesadillas, el terror nocturno y el remordimiento. En ese momento, su cerebro estaba en blanco. Hasta que notó que Dolores intentaba decirle algo. La férrea voluntad de Nikolay cedió frente a la compasión y quitó el aparato de la boca de Dolores para permitirle hablar. Dolores le dijo que no quería vivir. Que no la torture, que la mate. Le señaló el living y Nikolay comprendió que la Mochila Negra estaba oculta en uno de los almohadones del sofá. Su cabeza se llenó de confusión. Su misión cambiaba. Su cliente cambiaba. Ya no era la Oficina Central, via Rono y Julita, contratándolo para que recupere la Mochila Negra. Era Dolores y su necesidad de terminar con la agonía. Si Dolores era su cliente, ¿cuál sería su recompensa? Dolores le ofreció poco. Nikolay escuchó atento. No estaba interesado en lo que Dolores pudiera pagar, sino en lo que podía ofrecerle. Hablaron por horas. Lloraron amargamente. Recordaron al Hombre de la Mochila Negra. Ella con nostalgia, él con respeto y admiración. En ese instante, Nikolay reconoció internamente un sentimiento diferente: no sentía admiración. Sentía envidia. No profesional, no de asesinos, sino de amantes. El Hombre de la Mochila Negra se había quedado con una parte de Dolores y Nikolay lo despreció. No pasaron más de dos minutos hasta que Dolores y Nikolay reconocieron su soledad y al unísono decidieron eliminarla mediante sexo desenfrenado. Por un segundo, Nikolay tuvo pensamientos catastróficos y pensó que Dolores lo había engañado y que ese sería el último acto de su vida. No le importó. Siguió adelante. Cuando Dolores finalmente se durmió. Nikolay entregó la Mochila Negra. Julita odió la idea de que la misión no incluyera la eliminación definitiva de su enemiga. Rono respiró aliviado. El microfilm estaría en buenas manos una vez que la Mochila Negra llegara a Londres. No celebró tener que viajar para entregarla, pero entendió que siempre las historias de su vida terminan en vuelo.


lunes, 6 de abril de 2015

Doble




Doble la alegría
Doble el esfuerzo
Doble la responsabilidad
Doble el sueño
Doble la satisfacción
Doble el orgullo
Doble la preocupación
Doble el dolor de cintura al bañarlos
Doble la ternura
Doble los golpes
Doble los interrogantes
Doble el número de objetos de dudosa utilidad en casa (y en el auto)
Doble las sorpresas
Doble el cariño de los amigos
Doble la caca
Doble el desayuno de domingo a las 7am
Doble la maneja inexplicablemente boluda de hablarles
Doble el tiempo para salir de casa
Doble las risas
Doble el número de miradas por encima del hombro mientras manejás
Doble las mamaderas
Doble el temor a las enfermedades
Doble la cantidad de interrupciones mientras comés, vas al baño, hablás por teléfono, …
Doble el asombro
Doble la vida
Doble el amor más puro

En fin...así es la vida de Rono. Todo lujo. Todo por partida doble


lunes, 25 de junio de 2012

Lo viejo y lo nuevo


Que no había como viajar en un MD de Austral, no lo discuto. Servicio de primera, puntualidad, comodidad, en fin, innumerables aspectos positivos. Alguno podrá decir “hoy se viaja mejor”. Puede ser, aunque si comparamos lo mejor que se puede viajar hoy vs. lo mejor que se podía viajar en aquel momento, pareciera ser que esta versión estatizada de Austral deja mucho que desear.

Igual, cada tanto, la aerolínea hermana de la de bandera – la que se hace llamar AA, cuando en el mundo, AA es una sola y habla inglés – nos regala un chiche, un dulce, una caricia. Esta vez se trata de una ruta que Rono, particularmente reconocido por su capacidad para recordar información infinitamente inútil, no recuerda. Desde este mes, tenemos vuelos que unen Neuquén y Mendoza.
Sí, es cierto que ha habido vuelos Neuquén-Mendoza toda la vida. Lo que Rono no recuerda es si alguna vez Austral hizo esa ruta. Pareciera ser que no.

Y no es para pasar por alto. Como diciendo “Bueeee, otra ruta! No es para tanto!”. Crean queridos, es para tanto. En un país donde se vuela internamente menos que en España e Italia, dos países que caben dentro de la provincia de Buenos Aires, tener rutas nuevas es todo un suceso. Algún detractor de Rono dirá “España e Italia son de primer mundo”, a lo que Rono responde que sí, que entiende las diferencias de infraestructura, pero que al mismo tiempo recuerda que en ambos países la infraestructura ferroviaria es de primer nivel y los vuelos de cabotaje no son una opción tan popular. En Argentina, por el contrario, son la única. Excepto para aquellos que aman poco sus vidas y deciden morir en colectivos de larga distancia. Una práctica que casi no tiene precedentes a nivel mundial, específicamente cuando se trata de ómnibus de dos pisos. Una locura.

La cuestión es que hoy Rono montó un práctico Embraer 190 y partió con proa al sur uniendo Mendoza con Neuquén. Rono, un viajero que ya acumula alguna milla en este tema, tipo vivo dirían en el barrio, reservó ventanilla del lado derecho del avión. ¿Motivos? Ir pispeando la montaña, al mismo tiempo que uno revisa el “mapa mental” uniendo pueblos, rutas, montañas y lagos.

Conclusión: una experiencia tremendamente estimulante. El periplo arrancó con un despegue hacia el norte y giro a la derecha (nariz del avión al este por unos cuantos segundos), para luego divisar toda la ciudad de Mendoza desde el aire. La primera imagen ya no sorprende a Rono: desde muy alto Rono es capaz de ver su casa. No, Rono no vive ni en una mansión ni de ocupa en un estadio de fútbol. Pasa que su casa está en un lugar sumamente distinguible desde el aire y encontrarlo ya se transformó en una suerte de ritual.
Inmediatamente cumplido el ritual, levantamos la vista y nos encontramos con la primera postal del viaje. Una foto del Aconcagua que nunca deja de asombrar a Rono. Es impresionante el respeto que inspira a la distancia. Siguen las postales, viene la Refi, sitio donde Rono supo transpirar.

Siguiendo hacia el Sur, las postales del Plata y el Tupungato, más frecuentes, no son para pasar por alto tampoco. El Valle de Uco es otro visto desde arriba. Es una suerte de llanura interminable, llena de colores. Con mucha más vida ahora que la que supo tener antes de la explosión del Malbec.

Se termina el valle y giramos hacia el sudeste, apuntando a San Rafael. Pasan pocos minutos y ya se empiezan a ver los lagos artificiales, pero de un azul irreproducible. Lo diáfano del cielo tiene todo que ver. Hay complicidad entre la inmensidad del azul y lo cristalina del agua.
Y pasan Agua del Toro, Reyunos, Valle Grande, Nihuiles. En el medio, otra gran postal. El Cañon del Atuel. Desde la altura parece sentirse el ruido de la tierra rajarse para formar esa maravilla. Será más lindo porque es tan corto? Quizás.

Más atrás, uno de los tesoros mejor guardados de la Argentina, una especie de segunda casa para mi querida hermana Ani: Payunia. Pocos lugares presentan un paisaje tan surreal, tan de otro planeta como ese arreglo aleatorio de volcanes, con los dos Payún (el Matrú y el Liso) bien claritos detrás de Llancanelo, otro tesoro bien guardado.
La mejor imagen es mirando hacia atrás, hacia el norte, con los volcanes bien cerquita y la laguna al fondo. Priceless.

A los pocos segundos ya aparece el Río Colorado. Este no tiene cañon, como en Arizona, pero no deja de tener su encanto también. Ya bien metidos en la provincia de Neuquén, aparecen los lagos grandes al fondo. Casi todos artificiales, embalses típicos de la zona, pero igualmente impresionantes: Barreales, Cerros Colorados, Chocón, todos.

Y es hora de llegar. Neuquén desde arriba casi no cambia. Cipolletti tampoco. Cada vez más una misma cosa, una sola franja de civilización. Igual de bajitas las dos. Como peinadas por el viento.
Ya estamos tan bajo que se distingue todo, pero ya no podemos ver nada lindo. Lo que viene es lo de siempre. Un poco de pasto, una franja gris, con marcas negras, el mismo ruido, el mismo alivio para muchos, el mismo desencanto para Rono.

Rono en tierra es otro. Uno más. Igual de aburrido, igual de común. Nada como estar en el aire. Nada como el cielo. Gracias Austral. Nada como el encanto de una ruta nueva. 

jueves, 25 de agosto de 2011

Road To Nowhere



Estoy sentado frente a la pantalla de mi compu, alternando entre golf, chismes, mails y agendas. Muerdo una medialuna empapada en café con leche caliente. Pienso "qué rico!". Me pregunto "¿Cuántas medialunas más van a pasar hasta que deje de gustarme?". Sigo leyendo. Entra un mail. Leo. Demoro en re-leer. Demoro en responder. Me doy cuenta que estoy sentado mal y me duelen la espalda y el cuello. Me estiro. Al estirarme, levanto los brazos y golpeo una lamparita pituca que nunca registré como un objeto tan cercano. Miro. No la rompí. Bien.

Sigo mirando. Ahora hacia adelante. Estoy a unos 10 metros de un ventanal que da a la calle. Vuelvo a mirar. No reconozco donde estoy. Vuelvo a mirar, esta vez con un dejo de temor.
No recuerdo donde estoy. Me concentro un segundo más y recuerdo. Estoy en Rosario. La misma Rosario de siempre. Otra Rosario. Llegué anoche. Era el cumple del Negro de Pichincha. La gente lo festejó frente a su estatua, acá, a la vuelta. Sigo pensando. "No, la puta madre". Me doy cuenta que podría estar compartiendo el café con Belen. Pienso "Está tan quemada como yo y tampoco reaccionó que estamos a 20 cuadras de distancia". Faltan 20 minutos para que agarre la valija y parta para la terminal. Faltan 12 horas para llegar a casa. 12 horas para acostarme en mi cama.

Sigo pensando. Llevo muchas noches sin pasar por ahí. Saco cuentas. 20 de las últimas 28. Me da miedo otra vez. Me pongo a pensar en lo que significa. Por suerte, rápido pienso en todo lo que significa y me vuelvo a estirar. Me relajo. Quiere decir que me convencí que no era grave. Me convencí que no es tanto. Me convencí que no es para siempre. Me convencí que en el verano ni me voy a acordar. Pienso "verano" y me imagino con los pies en el pasto. Me imagino viendo a mi hijo caminar por el mismo pasto. Corre. Juli lo levanta. Se ríen, nos reímos. Me siento bien. Mejor que recién. Apreto "Publish Post" y pienso "llevo meses sin postear". Y qué? Apago la compu. La guardo. Agarro la valija y salgo. Otra vez.

martes, 22 de febrero de 2011

El Avión Parlante



Roma tiene un coliseo, Paris una torre, New York, de todo. Todas las grandes ciudades del mundo tienen un ícono, una imagen para miles de postales. Imágenes para recordar. Son las marcas registradas que hacen únicos a tantos lugares en el mundo.

Los que vivimos en Benegas, Carrodilla, La Puntilla o Chacras no tenemos nada de eso. O casi nada, porque siempre va a saltar uno y va a decir pelotudeces del calibre de “El Cortijo porque estuvo Brad Pitt” o “El Calvario porque…” o no sé qué más, pero la verdad es que es una zona medio marrón, con algún shopping con aires de primer mundo y no tanto más. Bueno, gente macanuda, como Rono y su banda de afectos, pero no tanto más.

“No tanto más” pensaba el otro día, mientras lavaba los platos mirando por la ventana como un avioncito despegaba desde el aeroclú, hasta que en ese momento entendí todo: los vecinos de estos pagos no necesitamos ni coliseos, ni torres, ni estatuas de la libertad. No necesitamos nada más porque tenemos un ícono que eclipsa todo lo antes nombrado. Tenemos al avión parlante.

Exacto. Ese mismo avioncito que despegó tímidamente mientras Rono lidiaba con una fuente con tuco pegado, ese mismo aparato encarna todo lo que este lugar del mundo es. El avión parlante, para los que no lo saben, es un artefacto apenas más moderno que el de la imagen que acompaña este post, al cual le ha sido adosado un precario sistema de audio. Dicho sistema se utiliza para torturar sistemáticamente a los vecinos de los barrios antes citados, principalmente los sábados a la mañana, con publicidades cuyos jingles han sido fuertemente influenciados por la ingesta de tintos a mansalva.

Carnes, tinglados, veterinarias, no hay rubro que se quede abajo del avión parlante. El avión parlante todo lo promociona. Sin censura. Sin descanso. Descanso que no le es permitido ni a los vecinos, como ya dije, ni a su piloto, un señor que seguramente reúne una de las siguientes dos características: sordera o demencia.

Así que ya saben, los que no son de Mendoza, ahora sí conocen la verdadera razón por la cual tanta gente visita esta pintoresca provincia. No son sus montañas, con picos nevados o sonoros manantiales de agua mineral. No son sus vinos. No es su gente. No son sus acequias. No es Mur. Es el avión parlante. Un tesoro. Nuestro tesoro mejor guardado.

Para terminar los dejo con una reflexión, inspirada por la fragancia a te verde y limón de mi detergente lavavajilla. Un aforismo que reza: “EL PLATO, CUANDO LIMPIO, LIMPIA A LA ESPONJA”.

jueves, 10 de febrero de 2011

El Mejor Viaje de Todos





Rono, como recordarán, es un bon vivant. El tipo disfruta de los encantos de la vida y encontró en Juli la compañera de aventuras ideal para gozar de los más mundanos placeres terrenales. Uno de esos placeres es, como bien saben, viajar.

Así que, para no perder la costumbre, esta semana, con Juli, hicimos valija y bolso y emprendimos una nueva excursión. Tan planificada como siempre. Bastante más ansiógena que otras muchas.

A diferencia de otras muchas, este viaje no involucró aeropuertos, aunque sí check-in. Tampoco fue un road-trip, aunque hubo que aprender a manejar (en la mayoría de los casos, con doble comando, como en los autos de las academias de conductor).

Cuestión que el lunes a la mañana, bien temprano, Juli y Rono emprendieron otro viaje. Promesa de sumar un tercer pasajero en el camino mediante, la travesía generó en otros – ajenos e íntimos – una expectativa inusitada, casi injustificada.

Hubo camillas, hubo agujas, hubo nervios, hubo de todo, hasta que finalmente, a las 11:14 del lunes 7 de febrero de 2011, Rono y Juli comenzaron el más maravilloso de todos los viajes posibles. El de la paternidad. Un viaje lleno de lágrimas sin sentido, de insomnio y, sobre todo de trascendencia y propósito.

Para Rono terminan, al mismo tiempo, dos viajes: uno breve y otro más extenso. El primero, tuvo que ver con la expectativa, la ansiedad, los miedos y la incertidumbre que rodean a un período de nueve meses donde uno intuye, pero no ve, escucha, pero no comprueba y confía, pero sabe de los infinitos problemas que podrían aparecer en el camino.

El viaje más extenso que termina es el de la eterna adolescencia. No terminan los recitales – si bien en 2010 no hubo ninguno, por primera vez desde 1990 – ni tampoco los gastos ridículos, pero seguramente todo tendrá otro tipo de evaluación. Habrá que sopesar, imaginar escenarios y combinar alternativas, ya que, según dicen, esto de ser papás, parece, es medio peludo.

Esta historia recién comienza y, según parece, lo mejor está aún por venir.

miércoles, 26 de enero de 2011

La Flaca Escopeta, El Piloto Y Un Saquito Que Tiene Vida Propia



Comenzó 2011 y Rono, al igual que en 2010, lanzó su gira en Bahía Blanca, más precisamente en Ingeniero White, ciudad donde se encuentra el castillo ilustrado en la foto que decora este post.

Cuestión que Rono, junto con otras tres almas agitadas por el calor veraniego, partió hacia Oriente, con la idea de pasarse dos días de charlas amenas, con gente que si fuera por ellos, la Argentina se parecería más a Canada que a Zaire, con todo el cariño que uno le puede tener a los morochos testigos de las peleas de Alí. (Sí, ya sé que se llama República Democrática del Congo, pero Rono es más setentoso que los Grand Funk Railroad).

El viaje implicaba ir a Aeroparque, epicentro mundial de cualquier quilombo, de cualquier índole, que una mente (cuasi) humana pueda concebir, para desde allí volar al aeropuerto Espora, que tiene el dudosísimo privilegio de contar con un túnel aéreo sin manga y la cinta transportadora de equipaje más amiga de las tertulias que uno pueda recordar. Uno podría ir hasta el café, pedir un cortado, charlar, tomárselo, pagarlo y volver, para, luego de unos 3 minutos más, ver aparecer su valija a través de las cortinitas de goma. Esto no es en realidad posible, ya que el muchacho de la puerta que comunica el despacho de equipaje con la sala de espera tiene más poder de policía que la KGB y el Mossad juntos y nunca te dejaría salir y volver a entrar.

Pero no me quiero adelantar. Llegamos a Aeroparque y nos podríamos haber quedado los cuatro, piolas, esperando que anuncien la partida del 737-500 a Bahía, pero no, como estamos con fumadores, salimos a la calle – unos 43 grados, fácil – y al regreso, tuvimos que pasar por el scanner.

Delante nuestro, un señor morocho atraviesa el scanner con un handy, más bien una super radio, grande, pro, en la mano. El oficial de seguridad, sin terminar de entender muy bien, sólo se limita a decir “Disculpe, con ESO no puede pasar”, frase que dispara el siguiente diálogo:

Señor Morocho: Sí, lo que pasa es que soy piloto

Oficial de Seguridad: (pausa larga) Y?

Señor Morocho: Claro, los pilotos usamos estas radios.

Oficial de Seguridad: (envuelto en una mezcla de estupor y cierta rabia contenida): Claro, cuando trabajas.

Señor Morocho: No, cuando vuelo (¿?)

Oficial de Seguridad: Pero este avión ya tiene un piloto y no sos vos. (Cambio de lenguaje producto de una ya notoria pérdida de paciencia y control)

Señor Morocho: ……………….pero soy piloto.

Oficial de Seguridad: De otro avión que ni siquiera sé si existe

Señor Morocho: Qué querés? (pérdida de control de todo tipo) Que te muestra la credencial? Acá tenés la credencial! (No, no se bajó la bragueta. Efectivamente, le mostró una credencial)

Oficial de Seguridad: Bien, esta credencial dice que sos piloto. Bárbaro. Pero igual no sos el piloto de este avión. No estás trabajando. Desde ahora hasta que te bajes, sos PA-SA-JE-RO.

Y así siguió un rato más.

Finalmente nos subimos al avión y en medio de adolescentes afectadas por una extraña reacción alérgica que las hace hincharse todas, el estupor, el asombro, la admiración, la fascinación y por qué no, la incredulidad nos invadió inmediatamente. Frente a nuestros ojos, un espejismo, una mirage, un deseo reprimido, un sueño hecho realidad: LA FLACA ESCOPETA.

Por un segundo, hubo silencio, nuestros ojos no podían creer lo que veían. Estábamos en presencia de uno de los máximos exponentes del desequilibrio químico producto del exceso de sustancias de la historia de la radio televisión argentina. Eramos parte de la historia. Eramos una pieza más de la leyenda.

Y finalmente arribamos a Bahía, esperamos incontables minutos por nuestras valijas, fuimos a White, pasamos calor, paseamos en autos con olor a nuevo, y pegamos la vuelta.

Siempre en compañía “del saquito”. El saquito, desde lejos, parecía una prenda de mujer como cualquier otro abrigo liviano que una bella dama podría conseguir sin mayores inconvenientes, pero eso, solo desde lejos.

Desde cerca, el saquito resultó tener vida propia. No podría decir si alas o piernas. Quizás las dos, quizás aletas de pingüino o tentáculos, no lo sé. Lo cierto es que en reiteradas ocasiones hizo denodados esfuerzos (vieron que los esfuerzos siempre son denodados, así como los incendios siempre son voraces?) para escapar de su dueña.

Hasta que finalmente lo consiguió. Cómo? Nunca lo sabremos. Creemos entender que tiene que ver con la maldición del piloto, pero jamás podríamos encontrar prueba fehaciente (las pruebas suelen ser fehacientes también) que así lo demuestre. Simplemente lo presenciamos, fuimos testigos absortos de la maniobra y no pudimos hacer nada al respecto.

Qué paso? “It’s hard to put it to words”, diría un señor bajito de los cincuentas, pero fue algo masomenosasí: el saquito venía paseando por la cinta del mismo scanner por el cual el piloto no pudo pasar su radio. Entra al scanner, se produce una desintegración molecular seguida de hurto, y a la salida…pufff!!! Chau saquito. Y colorín, colorado, esta historia de “oficiales de seguridad” hijos de mil putas, corruptos como las conchas de sus hermanas, ha terminado.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Buscando desesperadamente a Rono



Casi seis meses pasaron desde la última aparición online de Rono. El clamor popular, la radio-pasillo, rumores de posibles enfermedades terminales, enredos de cama, affairs con estrellas de Hollywood y demás razones hacen que hoy Rono decida tomar el toro por las astas y responder a tantos interrogantes de la manera que mejor sabe hacerlo: no respondiendo nada.

No voy a enumerar los hechos, ni públicos ni privados, que acaecieron desde aquel último post de mayo. En ninguno de ellos está la razón de tamaño parate. Nada podría explicar semejante huelga de palabras. Simplemente decir que la motivación a veces puede ser una mina bien putita. De esas que sólo seduce, de una manera extremadamente sugestiva, sin llegar a concretar nada. Así es como funciona mi motivación últimamente. Pega panfletos, escribe en los fanzines de mi cabeza acerca de cosas que van a pasar, pero cancela el show en el último segundo.

A veces, la vida nos pide un break de nuestra agobiante rutina. El tema es ¿cómo hace Rono para necesitar un break si no sólo que su rutina no es agobiante, sino que ni siquiera tiene una rutina? Existe tal cosa como el burnout por no hacer nada? Existe tal cosa como el querer hacer algo que uno no sabe qué es, aunque eso implique agotar recursos que uno ni siquiera sabe que tiene?

Son muchas las preguntas. Muy pocas las respuestas. Este, por ejemplo, podría ser el último post de acá a otros seis meses. O no. Quizás sea la reapertura de un espacio que supo despertar sensaciones placenteras. Un espacio de reflexión acerca de cosas de las cuales nadie tiene ganas de reflexionar. O quizás simplemente sea otra movida más de Rono en busca de algo que algunos llaman felicidad y Rono conoce como Dove de chocolate con ganache.

jueves, 13 de mayo de 2010

Declaración de Principios



Regresa MondoRono luego de una lesión en el centro motivacional. No había grandes razones para postear, excepto alguna desaventura en Salta producto de uno de los hábitos más nefastos de Rono, la automedicación. De cualquier manera, dos posts seguidos acerca de desaventuras en lugares remotos de la Argentina no sonaban muy convincentes. Y el tiempo fue pasando.

Hoy vuelve el futbol a MondoRono. “Cómo?””Pero si todavía no termina ninguna liga, ni la Libertadores, ni la Champions!””Un post por la pedorra lista de 30?”. No, señores, nada de eso. Hoy faltan 30 días para el debut argentino en el Mundial. Faltan 30 días para el 12 de junio, cuando Argentina se pare frente a Nigeria, casi local en Johannesburg, para comenzar otra aventura.

El comienzo de un Mundial no es un hito menor. Mucho menos lo es el debut de nuestra selección. Sin embargo, este debut, este Mundial, esta aventura son distintos. Claro, todos los Mundiales son diferentes, pero no es por esa obviedad. En este Mundial vuelve a estar presente, esta vez desde un lugar diferente, el nombre del futbol. Desde 1994, el Mundial vuelve a tener al nombre de “Maradona” como uno de los ingredientes fundamentales de su receta.

Es cierto, este Maradona, el de la cancha para afuera, el del buzo largo, parece un mortal más. Se equivoca como loco, no es coherente en sus “movidas”, derrocha energías en batallas que no ganan guerras y sobre todo, no enamora. Y la desazón es aun mayor tratándose de la conducción de un grupo cuasi galáctico de jugadores de élite.

A pesar de todo esto, hay en el ambiente cierta cautela a la hora de enviar al gordito de Fiorito al paredón. No fueron pocos los que en el 82, 86, 90 y 94, pero sobre todo en el 86, decían “no se puede cargar el solo el equipo al hombro” “Es un gordito falopero” “Juegan solo sus amigos” y demás. Casi todos se equivocaron. Es cierto, no ganamos cuatro mundiales. Argentina no pasó a ser el “scratch”. Sólo consiguió una cosa, un sencillo logro, una cosita así nomás: el respeto de los rivales.

Se fue de la selección, se retiró, lo retiraron y en sólo 16 años, la Argentina pasó a ser uno más. Dos sextos puestos y una rápida eliminación en primera fase fue todo lo que dejó un ciclo marcado por palabras como “orden”, “disciplina”, “planificación”. Ninguna de esas palabras caló hondo porque la palabra que sobrevuela cualquier otra es HIPOCRESIA. Si somos una nación que detesta al orden, que hace alarde de su indisciplina y que se jacta de logros conseguidos sin planificación alguna, por qué ir a contramano?

Por todo esto, por más que a muchos les pese, a la selección volvió la coherencia. No precisamente por haber sido coherente contratar a Diego de la manera que se lo contrató, sino por responder a la historia de un país que no necesita tener una selección “prolija” como la de Holanda o Dinamarca, sino una selección a pura tripa. A puro huevo.

Esto último garantiza algo que el orden no? Seguro que no. O mejor dicho, sí, nos pone en sintonía con nuestros valores más arraigados. La salida fácil, el quilombo, la inconsistencia, la incapacidad de resistir el famoso “archivo”. Es decir, esta selección – por fin! – representa lo que somos como nación.

Y la paradoja más grande es que a esta selección le va a ir bien. Le va a ir muy bien. Porque no tiene el apoyo de todos y es ahí, en las duras, en las difíciles, en esas que parecen epopeyas, donde el argentino saca lo mejor de sí. Y quién más que el más grande de todos para conseguir toda la gloria una vez más y mandarnos a todo el resto de los mortales a que la sigamos chupando.

Suerte Diego. Suerte Lio (Dios culé de acá a la eternidad!). Suerte muchachos. Todos la tenemos adentro, pero sólo un grupo sabe que es el precio que hay que pagar para poder festejar a lo loco. Y si la suerte no acompaña, al menos moriremos en la nuestra y no con el pelo corto al pedo ó llorando como boludos con un jogging por arriba de la panza.

Ahora, si los astros se llegan a alinear, no digan que Rono no les avisó.

jueves, 18 de marzo de 2010

PODRIA SER PEOR. ¿SEGURO?


Termina un largo día de trabajo. Te vas a dormir cansado, luego de haber volado, aterrizado casi sacando un pie fuera del avión para poder salir más rápido. Te estaban esperando. Llegaste corriendo.

Trabajas hasta tarde en la tarde, pero te vas a dormir tranquilo porque el otro día, al comenzar en la misma ciudad, debería ser bastante más tranquilo. ¿Seguro, no?

Suena el despertador a las seis y media. No importa. Estabas despierto desde antes de las seis por culpa de una tormenta eléctrica muy intensa. Por suerte – o no – no te despierta el gallo de planta baja, como les pasa a muchos otros. Tu habitación está en el cuarto piso, pero por más que el gallo tuviera pulmones de acero y garganta de aluminio, los truenos lo silencian todo.

6.35. Bajas a desayunar con la ropa del día anterior. Una práctica inconcebible para alguien que reniega de vestirse una sola vez al día, imaginate dos. Volvés de desayunar dispuesto al uso de todos los artefactos del baño. Nunca juntos ni al mismo tiempo. Cuando terminás la “fase 1” de tu proyecto “una horita fácil en el baño” se corta la luz. No hay luces de emergencia. Te quedan por delante la ducha, la afeitada y hacer la valija. Ya sabés que te perdés el reporte de Confesore por TN.

7.20. Entrás a la ducha sintiendo lo mismo que un integrante de los Murciélagos. Te enjabonás lo que suponés que enjabonas y, sobre todo, enjuagas lo que supones que enjuagas. La toalla hará el resto.

7.25. Te ponés espuma de afeitar en un área de tu cuerpo considerablemente mayor que la que hubieras “espumado” si hubiera luz (te das cuenta de esto recién en el ascensor, cuando encontrás bastante espuma de afeitar en el cuello, pero medio cerca de la nuca). Te afeitas sin cortarte. Es decir, como el culo porque dejás un 12% de la cara con la barba de Sayid. Horrible.

7.40. Hacés la peor valija de tu vida. (Cuando vuelve la luz y la ves, pensás que la armó Paris Hilton después de una partuza con dos sobrevivientes haitianos hambrientos y cagados de sed).

8.00. Te vas a laburar. Llegas ocho y cuarto pensando que los que van a pasar el día de laburo con vos llegan 9 menos cuarto. Error. La mitad de ellos te espera desde las 7.50 (momento en que hacías la peor valija de tu vida) y te lo hacen saber.

8.16. Se te cagan de risa cuando escuchan tu historia y encuentran más restos de espuma de afeitar en tu cuello/nuca.

17.05. Llegas al aeropuerto. Estás solo en el mostrador para hacer check-in. Tu vuelo no sale hasta las 7 menos cuarto. El personal de la aerolínea tiene mucho tiempo para dedicarte. Parte de su dedicación los lleva a sacar la conclusión de que tu valija – mal hecha, aunque nunca detectable desde el exterior de la misma – pesa demasiado. Volvés a mirar tu valija porque, hasta donde recordabas, tiene el tamaño de una caja de zapatos, solo que con una manija y dos rueditas. Te preguntás en qué momento del día pasaste por al lado de un sorete y te olvidaste de pisarlo. El personal de la aerolínea te da una bolsita para que guardes la compu. Guardas la compu, el cargador, el mouse y el pen drive y ahora la valija pesa lo suficientemente poco como para poder ir en la cabina del avión y no en bodega. La cara de la señorita que te facilitó la bolsita la delata. Sabe que lo que acaba de hacer no tiene sentido. Acaba de separar un bulto en dos, cuya suma de sus respectivos pesos es idéntica al peso del bulto original (la valija de Paris Hilton). Llama al supervisor / jefe / encargado. El tipo pone caras y carotas. Lo querés putear, pero sabés que el padre de tu ahijada lo conoce bien. Te la morfás como un duque (nunca supe qué es hacer algo como un duque).

18.53. Subís a un avión al que se suben también 17 pasajeros (sos freak y los contaste) con valijas más voluminosas e inconvenientes para llevar en la cabina de un avión que la de Paris Hilton. Es más, 4 de ellas se parecen a la que hubiera usado la heredera de la cadena hotelera.

18.55. Tenés 19E. Como es un MD, ya sabés que es ventana. Llegás a la fila 19 y encontrás a un flaco sentado en tu asiento. Te mira y le decís “discúlpame estás en mi asiento”. El 19C está libre porque él está sentado en el 19E. El tipo del 19B, fracasado inservible hijo de mil putas ojalá leas esto y te busques una vida para dejar de ocuparte de las enfermedades de las otras personas, te dice “uy, cuánto lío”. No decís nada, aunque tu cara, a esa altura ya dice lo que hay que decir. El del 19C, hasta ese momento sentado en 19E, lee tu cara y salta por encima del pobre tipo del 19D para reubicarse. Cuando se para en el pasillo, sin decir una sola palabra, mirás a los ojos al del 19B (pelotudo del orto!) y al del 19C (lento a pesar de su doctorado y su puesto en el Ministerio de Educación) y apoyás tu dedo índice derecho en el diagrama dibujado inmediatamente debajo del compartimiento de equipaje que ilustra claramente que E es ventana (tiene el dibujo) y C es pasillo (tiene el dibujo). Gracias McDonnell Douglas por hacer un grafiquito para oligofrénicos que nadie lee.

20.15. Llegás a aeroparque en medio de una tormenta furiosa. El vuelo a Mendoza anterior al tuyo (20.35, el tuyo es el de las 21.40) está embarcando. Le preguntás al personal de la aerolínea (colegas de la chica de la bolsita) si está lleno. Te dicen que sí, obvio.

21.10. Llega la hora de comenzar el embarque de tu vuelo.

21.12. Se cierra Aeroparque. Tormenta demasiado eléctrica como para permitir la recarga de combustibles en pista.

22.40. Tu aerolínea te avisa que tu vuelo parte 23.30. “No está tan mal” pensás.

23.15. Tu aerolínea te avisa que tu vuelo se canceló. Buscate la valija – la de Paris Hilton – que no tenés con vos gracias a la chica de la bolsita, andá a que te den un nuevo boarding para “algún vuelo de mañana” y un voucher para hotel.

00.10 del día siguiente. Personal de la aerolínea te informa que vas al hotel Quilmes. No te suena, pero a esa hora no estás para hacer un repaso mental de los hoteles que conocés. Cualquier cosa que no se llame Hilton te parece nueva.

00.40. Subís a un bondi con otros 27 pasajeros.

00.54. Cuando el bondi agarra la 9 de julio sur rumbo a autopista la plata y a tu derecha se empieza a ver la cancha de Boca te das cuenta que el hotel Quilmes no te sonaba porque queda en …(sí adivinaron) en Quilmes.

01.33. Llegas al hotel “Ciudad de Qulmes”.

06.12. Dejás el hotel “Ciudad de Quilmes”. No, pará!. De 01.34 a 04.00 no hiciste más que escuchar reggaetón porque enfrente de tu hotel hay una fiesta (un miércoles a la noche) y tu habitación está en un primer piso y…sí, adivinaron otra vez (cómo estamos hoy, eh?!), da a la calle.

07.05. Pagás los 150 mangos de remise Quilmes – Aeroparque.

07.10. Personal de la aerolínea, colega de la chica de la bolsita, te paga los 150 mangos de remise Quilmes – Aeroparque.

07.50. Terminás tu desayuno pagado con un voucher de la aerolínea. Tu desayuno es notoriamente peor que el de la gente que lo paga con plata propia y no con los impuestos de doña Rosa. Tu vuelo es a las 08.45, por lo que en un rato deberías embarcar.

08.22. Te avisan que tu vuelo está demorado y que sale 09.40. Por suerte, tenés la compu, la que se pasó casi 12 horas en la bolsita, como para matar el tiempo y escribir esto. Podría haber sido peor, no?

viernes, 12 de febrero de 2010

Indescifrable




Y una noche como cualquier otra se da el siguiente diálogo:

- "A mí me preocupa un poco el tema de la comida porque no puede comer cualquier cosa, no?"
- "Queeeé? Nooooo! Mi vieja cena criollitas con paté"

Unas horas más tarde se da el siguiente diálogo, a saber:

- "Disculpe, de qué están hechas las supremas?"
- "¿....?Hmmm, de pechuga"
- "Ah no, si no son de pata no las como"

domingo, 31 de enero de 2010

Un mes particular en un lugar particular




Hoy es 31 de enero. A este mes le quedan unas 6 horas de vida. Es más, en ciertos lugares, a esta hora, ya es febrero. Es mi primer post del mes. No es casualidad. Digo, no es casual que el único post del mes llegue el 31. Es a propósito. Es "a drede" como se dice por este lado del globo.


Precisamente de este lado del globo quiero hablar. No soy ajeno. No soy extranjero. A pesar de todo, a veces me siento raro. Me siento encerrado en un lugar sin rejas. Pero no me dura ni un minuto. Miro al costado y la gente me parece presa e inmediatamente me siento mejor. Es raro. No suelo conformarme por comparación con otros. Sin embargo, ciertas experiencias son irreversibles y uno queda marcado para siempre.


Qué sentido tiene escribir acerca de esto? Hacia dónde va este post? No sé. Me senté a escribir a partir de una idea no nueva, pero sobre la cual rara vez reflexionamos: por qué en Argentina no se hace nada en enero? Será porque durante el año trabajamos más? "Ja! Muy bueno, ahora contate uno de suegras!" No, claro que no es por eso que nos pasamos un mes mirando al cielo, con los ojos cerrados, esperando un color que lo único que nos asegura es un cáncer doloroso.


Será porque en enero hace demasiado calor? No parece más que el de un julio en Irak, Egipto ó nuestra más cercana España. Sin embargo, ellos vacacionan mucho más espartanamente.


Será que nuestras leyes o nuestra historia nos obliga a hacerlo? No parece venir por ese lado tampoco. Si de costumbres fuertes se trata, México sólo se compara con Argentina en esto de tirar por la borda un mes entero, aunque en el caso de ellos, sí hay razones más históricas de fondo y no lo hacen en enero, sino en diciembre y sólo la primera semana de enero, basándose en feriados super arraigados que disparan "puente" tras "puente" tras "puente", una suerte de sucesión interminable de borracheras que anestesia a un país que no precisamente sobresale por la rapidez de mentes.


Pero los argentos, rapiditos y todo, no parecemos muy enojados con esto de perder un mes, más bien todo lo contrario. Es más, es curioso como los argentos expatriados, muy a pesar de cuanto jefe, mentor, director y cuanto personaje tenga alguna autoridad sobre ellos, también adoptan esta postura y viajan a la Argentina por unas vacaciones (del frío) muchos más largas de lo que aquellas cabecitas boreales podrían recomendar.


Lo más curioso de todo esto es, desde mi modesto punto de vista, que si bien a Argentina no le vendría mal un toque más de empeño (en promedio) a la hora de encarar laburos de cualquier índole, esto de tomarse un "sabático" después de 335 días de rutina parece hasta hacer bien.


Y mirá si después de todo, después de tanta holgazanería e improductividad, esto que no sé que es no termina siendo la razón por la que tantos optamos por estar y tantos otros del Norte se sienten como se sienten a pesar de estar donde están. No entendiste? Hmmm, puede ser que estés necesitando unas vacaciones.

jueves, 31 de diciembre de 2009

La década de 2000, según Rono

Termina la década. Para muchos buena, para otros no tanto. Termina la década con mayores avances tecnológicos de la historia de la humanidad. No es distinta a todas las anteriores. Casi por definición, todas las décadas superan en avances a su predecesora. Lo que tuvo esta de especial es que aprovechó los inventos de la anterior en materia de comunicaciones para re-definir la manera en que nos comportamos. Es decir, las nuevas tecnologías (en tele-comunicaciones) cambiaron nuestras conductas para siempre. Ya nunca más saldremos de casa sin un aparatito en la mano. Ya nunca más podremos vivir sin energía eléctrica. Y nunca es una palabra fuerte, a veces antipática, pero en este caso muy pertinente. En esta década la Humanidad se conectó. Literalmente. Y como dice mi querido minnesotano Thomas Friedman, el mundo se acható.

Para Rono fue una década muy intensa. Rono se tienta y casi escribe “excelente”. Pero se frena y piensa. Mala seguro no fue, aunque las experiencias vividas son difíciles de poner en esos términos tan estrictos. Más bien podríamos decir que fue la década donde Rono entró a la adultez. Lo cual tampoco implica haber dejado la adolescencia atrás. O sí. Esta lista de eventos, hechos y asuntos puede ayudar al habitante de MondoRono a entender algo más. Aunque pensándolo mejor, los habitantes de MondoRono saben todo esto, por lo que esta lista sólo servirá para rememorar ciertas fechas. Espero que también sirva como una forma de compartir todo esto con quienes estuvieron ahí.

En orden arbitrario y aleatorio, estos son los eventos más memorables de la década, según Rono:

• Rono conoce Europa. La puta que vale la pena estar vivo.

• Rono visita el Camp Nou. Mes que un club.

• Rono conoce los Estados Unidos. Los dos. Los de América y los mexicanos. Ahí comprende que USA se llama “America” porque decir “Estados Unidos” sería mezclarse con la chusma.

• Rono conoce a Juli y comprende que con ciertas personas no se jode.

• Por lo anterior, Rono se casa con Juli.

• Rono se transforma en socio del Club Atlético Boca Juniors.
















• Rono se muda a la ciudad de Minneapolis, destino pensado como el lugar ideal para vivir por el 0.0000000000000000000000000000000043% de la población mundial.

• Rono decide continuar con su seguidilla interminable de conciertos de ese mal endémico de la sociedad llamado rock y asiste a conciertos de algunas bandas, a saber: Audioslave (RIP), Metallica, Pearl Jam, Ozzy Osbourne, Green Day, Velvet Revolver (RIP), Tool, Radiohead, The Music, Incubus, The Mars Volta, A Perfect Circle, Beck, The Killers, Deftones, System Of A Down, Black Sabbath, Franz Ferdinand, Alice In Chains, Jerry Cantrell, White Stripes, Lenny Kravitz, Linkin’ Park, Ashes Divide, Stone Temple Pilots, Interpol, PJ Harvey, Garbage, Red Hot Chili Peppers, Queens Of The Stone Age, Iron Maiden, Idlewild, Godsmack y Neil Young, más unas 150 bandas locales, teloneros, y demás yerbas.

• Rono conoce a los Caravetta y entiende que uno nunca es viejo para hacerse de amigos como los de la secundaria.

• Rono asiste a partidos en Roland Garros. Si querés más glamour, vestite con piel de foca rosa.

• En la América, Rono visita cerca de 20 estados y toca vía ruedas de avión o bondi o auto otros 20.

• Rono compra sus 5 primeros vehículos. Dos de ellos, Tiptronic, que es como tenerla más larga, automovilísticamente hablando.

• Rono comienza su primer blog, este. MondoRono.

• Rono hace su primera aparición radial en vivo bajo el seudónimo de Juanca. Ya había aparecido en radio y televisión, pero secundando rockeros. Esta vez es él a quien apunta las orejas. Transmite en vivo desde su trabajo, con la complicidad de sus compañeros, quienes aprueban la movida.

• Rono hace su primera aparición radial (cadena nacional) en America, aunque esta vez, mucho más acotada, como un mero “caller” que opina que Cuba es grossa y el conductor del programa radial, Dennis Prager, republicano, conservador, bushista, no.


• Rono comienza su carrera hacia el estrellato artísitico tomandose fotografías con celebridades como las que aparecen en las de este post.

• Rono vuela por primera vez en las siguientes aeronaves: Boeing 747, Boeing 757, Boeing 777, Airbus A318, A319, A320, A321, CRJ-700, CRJ-900, Embraer 170 y MD-88. Todos los otros Boeing que faltan y los que Rono también voló son de la década anterior.


• Rono debuta como profesor universitario, tanto en carreras de grado como de posgrado, confirmando que Fito tenía razón. Es sólo una cuestión de actitud.

• Rono no ve caerse a las Torres Gemelas en vivo. Como un karlos, estaba laburando. Un gil.

• Rono es un tipo con orto: es fana de los deportes y esta década brillaron Tiger (le sacaste punta, negro!), Roger y Messi y tuvimos un poquito de Schumacher, Sampras y el más grande, Michael Jordan.

• Rono es del Barça de chico (15 años), así que no hace falta explicar el 2009 que tuvo. Extasis.

• Rono voló desde USA a Canada de Norte a Sur. Y le tuvo que explicar a un canadiense cómo tal cosa era posible. Una simple cuestión de mapas.

• Rono tuvo su primera cena de día de Acción de Gracias y en el mismo año, sus primeros villancicos en inglés.

• Rono aprendió a jugar al golf. Mejor dicho, Rono empezó a aprender a jugar al golf. E hizo su primer birdie (2).

• Rono también hizo cosas en serio. Por ejemplo: se recibió dos veces. No asistió a la ceremonia de graduación de ninguna de las dos. Cábala? Presagio de una tercera?

• Rono intensificó su cholulismo y las fotos que acompañan este post así lo demuestran. Uno es Werner Herzog y el otro es Ron Jeremy. Herzog hizo grandes películas, Jeremy usó grandes cosas en películas.

• Rono hizo 3500 km manejando un camión. Justo detrás de la palanca de cambios iba sentado un perro.

• Rono conoció el miedo a la naturaleza el día que vio una nube de tornado. Por suerte no por dentro.

• Rono se cocinó sus propias comidas, se lavó y planchó sus ropas y hasta limpió su depto. Es un embole, pero tenía que estar. Es más, para los que comieron sus pizzas, ni siquiera un embole.

• Rono trabajó con gente de las siguientes naciones: El Salvador, Bosnia, México, China, Canada, USA, Laos, Rusia, Alemania, Argentina, Corea del Sur, Guatemala y Japón.

• Rono vivió varios años en un edificio habitados por mucha gente de India, a quienes Juli y él conocen como “Jala”, vocablo que ellos dos consideran que la gente de ese país dice todo el tiempo mientras hablan a un volumen semi-alto.

• Rono viajó en Greyhound, la legendaria empresa de colectivos norteamericana (acá garpa el término porque van a México y Canada). Una experiencia que no le deseo ni le recomiendo a nadie.

• Rono, a pesar de haber ido a Europa, piensa que Chicago es su lugar en el mundo. Nunca más linda que otras con más glamour, Chicago conquistó a Rono y su familia y amigos más cercanos creen entender porqué.

• Rono hizo muchos road trips, confortables, relajantes, estimulantes, pero así y todos, pocos como aquel a Carlos Paz en la carroza.


FELIZ PROXIMA DECADA!

Rono